lunes, 1 de agosto de 2011

Terminaron las vacaciones. Es el año del conejo. Hace frío. Desde hace unos momentos me siento hundida en un pozo pensando que hasta el verano estaré trabajando en una oficina. Por otro lado, no tengo los ingredientes que quisiera darle a mi hijo para cenar. Sólo tenemos unas naranjas, y no consigo salir a la calle a comprar.
Cuando yo tenía su edad venía a casa un chico a pedir limosna. Eran muchos hermanos. Le dábamos una fruta o un pedazo de pan. La vez que le dimos higos, los encontramos tirados en la esquina, bajo unos rosales. Pensamos que no sabía qué cosa eran los higos, ni cómo se comían. Cuando empezaban las clases le dábamos lápices y revistas viejas. Una vez le pregunté qué habían cenado la noche anterior y me contestó “sopa de naranjas” ¿sopa de naranjas? ¿cómo es eso?, Si, mi mamá calienta agua en una olla y luego le pone pedacitos de naranjas, y eso comemos. Nunca hubiera imaginado naranjas calientes, ¿no les dolía la panza?
Otra sopa que recuerdo es la sopa de manos. Una vez fuimos a la casa del Ingeniero Fenner. Sus dos hijos rubios y pecosos se habían quebrado los brazos, y como no podían hacer otra cosa, él les hacía poner las manos en remojo, y con esta agua que se impregnaba de la grasa que despedían sus pieles lechosas, preparaban la sopa.

3 comentarios:

  1. Y bueno. Como dice el refran. Sobre gustos no hay nada escrito jaja. Yo conozco ente que come el pan con los restos de aceite quemado que queda en la sarten despues de cocinar milanesas

    ResponderSuprimir
  2. No sé si reírme o llorar, creo que podría hacer las dos cosas a la vez.

    ResponderSuprimir
  3. Tampoco sé qué sensación me queda, pero me gusta leer algo así que siento "diferente" a lo que leo. Y me pega y despierta de tanta palabrería inerte a veces.

    Un abrazo.

    ResponderSuprimir