miércoles, 2 de noviembre de 2011

Leimos un cuento más lindo que otro

El viernes pasado Blanca y Carlos prepararon un brindis por los alumnos de los programas de escritura. Fuimos Sebastián, Eliseo, Agustina, Laura B., Martín, Cecilia, Elida, Lilly, y otros compañeros más.



Ariel B. me dijo que leyera el cuento de La reina de los duraznitos, quizás no lo conozcan, es largo para subirlo en el blog. Para mí que todas las palabras que dice Ariel B. salen de un frasco de caramelos adicionados con vitaminas, que siempre tiene la cantidad que me alegra encontrar.
Anahí me mandó un mensaje para acompañarme y que me fuera bien.
Laura B. leyó un cuento que brillaba porque era de oro. Un oro que estaba sin alear con ningún otro metal. En sí, el oro es maleable, tiene su forma, y te deja que vos también lo moldees un poco.
Martín jugó con la luz y la oscuridad en un cuento poema. Fue con su mamá y su novia. Siempre lleva sus textos impresos en una letra muy chiquita. Una vez le dije que esto me parecía extraño. Estoy casi segura que esas letritas son una malla a través de la que sólo él puede ver, y va encontrando imágenes ocultas para contar como se entrelazan.
Eliseo leyó un cuento extremo. Los personajes pesimistas siempre me hacen reír. En este caso, un ex nadador, que ahora está postrado. Al final sueña que vuelve al agua, a practicar sus movimientos, que son su vida, y en ese momento te conmueve. Cada vez que escucho a Eliseo pienso que están sonando en alguna parte Los Redondos.
Sebastián leyó un capítulo de su novela. Descubrí que tengo una tremenda debilidad por los antihéroes. Hace días soñé que me dejaba su novela de regalo en una estación del subte, y yo la iba a buscar en bicicleta.
Cuando terminamos de leer y ya nos íbamos, Agustina sacó su celular y fue leyendo desde ahí un poema que te llevaba al jardín de su casa, y a observar insectos y pájaros que pululan de madrugada. Me dijo que me lo va a mandar para el blog. Es hermoso. Se los voy a recomendar.
Sentí felicidad.
Tomamos mucho champagne y nos reímos. Le dijimos a Blanca y a Carlos que ellos no se daban cuenta de todas las cosas buenas que sucederían en el mundo por hacer Casa de Letras. Al menos esas cosas buenas nos estaban pasando a nostros.
Eran las diez de la noche. Lautaro nos llevó en un auto plateado. Dijimos que era grande como un barco. Comenzó a llover. Yo le pedí que me dejaran cerca para que no se mojara La Balandra que me regaló Laura B., aunque pensandolo bien estaba preparada para salir a navegar con ella.

2 comentarios:

  1. Gabi que linda tu crónica!!! siempre con tu toque personal (timburtiano jaja)!!! y muchas gracias por los elogios! realmente fue una tardecita/noche para recordar!

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