viernes, 20 de enero de 2012

La inmensa roca agujereada por el agua

Cuando el agua tocó mis tobillos sentí un gran ardor. Salté a un montículo seco. Me subí la pollera. Mis piernas estaban cosidas con un hilo rojo. Llenas de puntadas. Los hilos rojos se hacían a veces muy largos y muy profundos. Qué vamos decir ahora, mamá, cuando lleguemos y vean tus piernas, me preguntó. Sus manos estaban deformes y no podía refregarse las lágrimas. Vamos a decir que fueron los arbustos, las espinas que titilan al sol cuando no hay viento. No, mamá, nadie nos va a creer, decía. Y no me quiero poner los zapatos. El agua salada ardía por sus mejillas afelpadas. Dame tu mano deforme, le dije. Mejor nos quedamos descalzos. Mejor no vamos nada a donde íbamos.

3 comentarios:

  1. Qué iremos a decir y a nadie tenemos que decirle nada...

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  2. sí, prefiero cambiar de planes, de destino.
    Me escuece también.
    Salud!

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