lunes, 29 de octubre de 2018

Curriculum Vitae


Primero vendí postrecitos de
dos pesos con cincuenta.
Mi segundo trabajo
fue entregar claveles
en la
inauguración de una
mueblería.
No me pagaron. Por el
primer trabajo sí cobré,
ese mismo 24 de diciembre a las
siete de la tarde.
Lo único que encontré
abierto fue una farmacia.
Gasté todo en un
delineador de ojos para
mi mamá y una loción
para mi padrastro.
Mi tercer trabajo fue
vender
cereales y
leche. Lo
hacía los sábados a la mañana
cuando volvía de bailar.
Después empecé a vender la leche
todos los días y
perdí la voz por estar
al lado de una heladera.
Otro trabajo fue
repartidora
de viandas en el
microcentro, pero renuncié
antes de
empezar.
Pedí plata para
los enfermos de VIH y me
daban el 20% de la
recaudación.
Vendí medias finas,
un servicio
de emergencias,
muñecas de trapo y
cosméticos por catálogo.
Hice trámites para
un grupo de hombres
que habían puesto en órbita
el satélite Nahuelito.
Cuando trabajé en
supermercados muchas veces
me iba antes y dejaba
un cartel pegado que
decía en rojo “oferta”.
Cuando vendí las
muñecas las mostré
mal, colgándolas del
cuello o
tiradas en una mesa.
Nunca cumplí
los horarios y pedir plata
me daba vergüenza.
Tal vez el trabajo que más me
gustó fue vender el
servicio de emergencias:
•Tomé mate con una
señora
•Vi a un nene hacer
caca en el medio
del living mientras
su mamá buscaba los
documentos
•El perrito de un
profesor de matemática
que había tenido en la
secundaria se me
prendió a la pierna
•Presencié una discusión
sobre la fe en
Dios versus la contratación
del servicio entre dos
empleados de una santería.
•Una vendedora profesional
me acusó de que yo no
tenía códigos porque no respetaba
las zonas
•Con lo que gané me
compré 2 paquetes de
cigarrillos Saratoga,
unas calzas negras
con encaje en los
costados y un jardinero
de jean estilo payaso
(en cuotas)
El jardinero se lo
presté a todas mis
amigas y
un día una chica que
yo no conocía tocó la
puerta de mi casa y
me lo pidió prestado
porque lo necesitaba
para una cita.

Warnes (del libro Warnes, Eloísa Cartonera, 2016)

 
El borracho. Sólo lo veíamos a la salida de la escuela, en el campito de enfrente. Golpeaba a otros compañeros hasta hacerlos sangrar. Las maestras no tenían la obligación de ir hasta ahí para ver lo que pasaba. 

María.  La  encontraron  muerta  en  un  auto.  Existía  la duda de si había muerto con un bebé adentro. Si se había suicidado o la mataron. Ella siempre le llevaba pequeños regalos caros a la maestra de plástica: alicates para alambre, batitas de bebé bordadas a mano. 

David. Una vez me contó que se había encontrado en un callejón con una chica de otro grado, que era tan liviana que cuando le metió el dedo en la concha la levantó del piso, con la mano. En su casa se ponían los platos de fideos de sombrero. El papá había matado al perro de un escopetazo para poder dormir la siesta. 

Rodriguez. Llegó a séptimo grado sin estudiar. Antes de los exámenes rezaba, con la cabeza que se le iba mojando por el esfuerzo, oculta entre las manos. Una vez le toqué el hombro y le dije que leyera lo último que la maestra había explicado. Lo hizo y aprobó. Desde ese día usó la fórmula que  le había dado. 

Hughes.  Era  rubio,  flaco  y  usaba  un  gorro  de  piel  con cola de zorro. No sabíamos nada de él, pero los excesos lo divertían y reírnos juntos hacía que todo fuera mejor. 

Pablito. Su mamá había muerto, y como su papá era peón en  el  campo,  lo  había  mandado  a vivir  con  una  tía,  que lo  podía  cuidar.  Le  gustaba  dormir  en  la  parte  de  abajo del ropero con los zapatos viejos y las zapatillas llenas de barro. Los grandes decían que necesitaba sentir el olor de su familia. 

Sabelli.  No  lo  habíamos  escuchado  hablar  hasta  que  la directora lo llamó para izar la bandera. Sabelli no se movió. Se  lo  repitieron  varias  veces,  hasta  que  le  preguntaron:  ¿usted es sordo? Contestó muy bajito que era evangelista. Los evangelistas no izan la bandera ni van a cumpleaños. 

Gómez. Era chiquito y usaba anteojos de culo de botella. Si  le  hablaban  no  tardaba  ni  un  segundo  en  ponerse colorado. Cuando cumplí quince años apareció en la puerta de mi casa con un ramo de claveles. Era alto, tenía ojos verdes, defendía cuestiones de género y lo habían elegido presidente en el centro de estudiantes. 

Patricia. Su papá tenía una línea de colectivos. Yo pensaba que tenían plata porque siempre estaba vestida a la moda, y me llamaba la atención que alquilaran una piecita en una zona pobre. A ella la invitaba los domingos a tomar el té y le pedía a mamá que nos prestara unas tazas que habían  sido de mi abuela. A las seis se iba porque sólo la dejaban hasta esa hora. 

Mónica. Tenía el pelo corto, geométrico, la forma de su pelo y su cabeza eran una réplica de la forma de su cuerpo. Sabía pelear con otras chicas. Su ataque letal era morder los pezones hasta hacerlos sangrar. En la secundaria tuve  una compañera parecida, pero más gorda y teñida de rubia. Una vez me quiso agarrar en el baño, pero Mónica apareció y me defendió. Después me enteré que ella me defendía muchas veces en secreto desde sexto grado. 

El Oso. Una vez la escuela nos invitó a una merienda, y  era tan aburrida que se nos ocurrió hacer una guerra de panes con dulce. Al final nos echaron y no pudimos comer la torta que estaba reservada para el último momento. Yo le pegué una cachetada al Oso y le dije que la culpa era de   él. No pensé que se iba a animar a pegarle a alguien de mi tamaño. 

María  José.  Su  papá  se  llamaba  José  María,  igual  que  su hermano.  Tenían  un  taller  mecánico  y  se  especializaban en motos. Su mamá había hecho un collage con fotos de revistas  de  decoración,  y  cuando  yo  la  pasaba  a  buscar,  ella me lo mostraba diciendo que así sería su casa. Un año entré a la parte de atrás del taller mecánico y el collage se había vuelto real. 

Rubén Darío. Para mí era Rubén Darío, vivía en una casilla de chapas de cartón. Tenía los labios rojos como los pétalos de una rosa roja y mojada. Siempre se quedaba dormido.  Se  notaba  que  los  fines  de  semana  su  mamá  hervía  los guardapolvos con jabón porque la tela estaba apelmazada.

Jaramillo. Era como un hombre de campo en miniatura.  Tenía  los  cachetes  cuarteados  y  llenos  de  arañitas  rojas. Solía tener globos de moco en la nariz, y globos de baba en  la boca, que no permitían que saliera su voz. 

Alelí.  Le  decían  Tomate.  Tenía  el  dedo  gordo  deforme. Gustaba  del  hijo  de  la  maestra.  Para  comprobar  que  se hacía pis una vez olí el asiento de su bici. Yo quería ser como  ella,  pero  como  no  me  salía,  empecé  a  copiar  la forma de dibujar de la maestra, para que el hijo gustara de mí.

Américo Ríos. Era blanco, con pecas. Como tantos otros, había  perdido  las  paletas,  pero  a  él  se  las  habían  hecho nuevas con metal plateado.

Dagoberto Merino. Se sentaba en otra zona del aula. Era callado  pero  percibía  las  injusticias  de  la  maestra  y  se solidarizaba con los más agredidos. Era actor y me invitaba a teatro. Como había que entrar descalzos, me avisaba para que me lavara los pies antes de ir y no me diera vergüenza. 

Gallardo.  La  dejé  de  ver  en  segundo  grado  pero  fue  mi  mejor amiga y por eso yo pensaba que un día nos teníamos que agarrar de los pelos en el aula. Para que no nos faltara nada,  y  también,  para  que  se  hablara  de  nosotras  como chicas que se agarran de los pelos. La maestra llamó a mi mamá  y  le  dijo  que  me  perdonaba  porque  Gallardo  era una estúpida. Mi mamá se enojó con la maestra porque le hablaba de otros alumnos. 

Borques. Tenía la piel seca, pelo opaco y escaso. Usaba medias tres cuarto amarillas que solían tener agujeros y por eso se escondía en los bancos del fondo y a la vez intentaba ocultar sus piernas con el portafolio. Me regalaba tarjetas hechas por ella  con  dibujos  recortados  de  libros  y  mucha  plasticola.  Tenía la voz ronca, como Graciela Borges. Una vez en el patio de la escuela vimos a mi abuela, que se acercó para hablar con nosotras a través del alambre. Cuando volvimos  al aula, Borques me preguntó si mi abuela era Tita Merello. 

Elizabeth.  Su  familia  eran  los  únicos  comunistas  que  conocía. Tenía tres hermanas más chicas y sólo contaban con  el  ingreso  de  albañil  del  padre.  Había  pedido  que  en  la  hora  de  plástica  la  dejaran  hacer  cosas  que  se pudieran aprovechar en su casa y la maestra le enseñó a   hacer  pantuflas  para  sus  hermanitas  mientras  nosotros  construíamos objetos sin ninguna utilidad. 

María  Belén.  Lloraba  porque  no  sabía  correr.  Yo  corría despacio y trataba de enviarle fuerza para que ella también pudiera. 

Cuando  terminamos  séptimo  grado  planeamos  un  viaje de egresados a 70 kilómetros, en carpa. A los únicos que dejaban ir eran David, Rodriguez y Hugues. A mí, a último momento, tampoco me dejaron. Una semana antes de salir, ellos se encontraron un billete de 100 tirado en la puerta del banco y con eso pagaron los pasajes de colectivo.


sábado, 20 de enero de 2018

Quisiera hablar de
manera que sientas que te espero.
Decir muy poco.
Tal vez una pregunta.
¿Por qué me vuelvo
difícil de responder?
Día tras día
acercarme apenas
diciendo que estoy ahí.
¡Estoy acá! ¡Te
necesito! Espero que
me cuentes algo.
A veces trato de responder
preguntas.
No sé cómo tirarme
en un agujero
que me saque
del lugar en el que
provoco que no me veas
y nunca lleguemos a tocarnos.
En el pozo hay
una escalera
con tablas de cajón de manzana.
Las nubes son las
puertas que primero se
abren.



.
Por todo lo que no puedo escribir
es por lo que puedo escribir,
mi desorden creciente
mis hijos
mi trabajo
los rebajes a cualquier inicio.
No me termino de acomodar, y de ahí salgo
del mismo lugar en el que me hundo
con la punta de los dedos raspo
el fondo de mi insignificancia
y la considero importante.
Tengo que dejar de firmar los fosos con mi nombre
pero igual caminaría sin tocar la tierra.
¿A quién entregué a mis hijos?
Dame un hacha
voy a tirarla a la basura porque no sirve
es la penitencia de un recuerdo
no corta la parte de mí que murió.
O no me la des.
Soñé con una fuerza oscura
y tendría que escribirlo.


.

miércoles, 25 de octubre de 2017



Los muebles
son  los  ataúdes
de  los  papeles
las  marcas del
papel       una
obra  de arte
una fábrica
tomada.



.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Mis amigos más queridos
viven en pocos metros cuadrados
pagan un alquiler
y duermen junto a libros
hechos por sus propias manos

si trabajaran en el cementerio
por citar un trabajo que ellos podrían hacer
no se ocuparían de lustrar llaves
o de soplar la tierra que juntan las flores

ellos están todo el día subiendo
y bajando escaleras
para buscar una cosa
que sólo reconocen al encontrarla.